Carolina Lucrecia Herschel

La Soprano de las Estrellas

En efecto, ella representa en los siglos de la revolución científica precisamente un caso prototípico de lo que una mujer –pese a las resistencias y escrúpulos propios de la época– puede lograr con denuedo y perseverancia, pues no solamente tuvo la fortuna de ser conocida en su propia época como una distinguida astrónoma en toda Europa, sino que además recibió reconocimientos académicos oficiales por su actividad y fue la primera mujer en Inglaterra honrada con un nombramiento gubernamental pagado. Así, los méritos de Carolina Herschel no hacen sino indicarnos el camino rememorativo que debemos seguir, en tanto que su propia trayectoria –como la de los tantos cometas que observó– deja tras de sí una estela que nos hace posible afirmar que es una de las principales científicas de la época moderna y, por lo mismo, que su nombre y su figura deben ser rescatados del pozo del olvido y recuperar con ello parte de la historia de la astronomía.

Para comenzar este recorrido, tomaremos como punto de inflexión las propias palabras de Carolina, puesto que ellas nos muestran las dos cuestiones que hemos señalado antes: la situación de la mujer de ciencia en el espectro de una época y el trabajo científico al que se consagraba. Y proponemos partir de lo anterior porque la misma Carolina pareció estar muy consciente y tomar muy en serio el hecho de que ser mujer y aspirar al conocimiento eran dos polos que –aunque fuese más bien por razones culturales– tendían a repelerse, pues las mujeres dedicadas a la ciencia jamás recibían reconocimiento por su trabajo y, por ende, desaparecían de los registros históricos. Y fue así que ella, como antes sus “olvidadas hermanas”, debieron realizar su empresa al margen de los verdaderos centros científicos, aunque la biografía de Carolina mostrará que, al menos en su caso, no fue así del todo. Pero vale la pena recoger sus palabras porque muestran a las claras su sentir y sobre todo porque dan una pauta para entender cómo veía Carolina su propio trabajo y el de las otras mujeres que la habían antecedido:

William está lejos, y yo me estoy ocupando de los cielos. He descubierto ocho nuevos cometas y tres nebulosas nunca antes vistas por el hombre, y estoy preparando un índice a las observaciones de Flamsteed, junto con un catálogo de 560 estrellas omitidas en el British Catalogue, más una lista de erratas de esa publicación. William dice que se me dan bien los números, así que me encargo de las reducciones y los cálculos necesarios. También hago el programa de observación de cada noche, porque dice que mi intuición me ayuda a mover el telescopio para descubrir un cúmulo de estrellas tras otro. Le he ayudado a pulir los espejos y lentes de nuestro nuevo telescopio. Es el mayor que existe. ¿Puedes imaginarte la emoción de apuntarlo a algún nuevo rincón de los cielos para ver algo que nunca antes ha sido visto desde la Tierra? Realmente me gusta que esté ocupado en la Royal Society y su club, porque cuando termino mis otras tareas puedo pasar la noche barriendo los cielos. A veces, cuando estoy sola en la oscuridad, y el universo revela otro secreto más, digo los nombres de mis antiguas, perdidas y olvidadas hermanas en los libros que registran nuestra ciencia –Aglaonice de Tesalia, Hypatia, Hildegarda, Catalina Hevelius, María Agnesi–, como si las mismas estrellas pudieran recordar. ¿Sabías que Hildegarda propuso un universo heliocéntrico trescientos años antes que Copérnico? ¿Que escribió sobre la gravitación universal quinientos años antes que Newton? Pero, ¿quién la escuchó? Sólo era una sirvienta, una mujer. ¿En qué edad nos encontramos, si aquella era la edad oscura? Y lo es también para mi nombre, que igualmente será olvidado, si no soy acusada de ser una hechicera, como Aganice, y los cristianos no amenazan con arrastrarme hasta la iglesia, con asesinarme, como le hicieron a Hypatia de Alejandría, la elocuente y joven mujer que ideó los instrumentos empleados para medir con precisión la posición y movimiento de los cuerpos celestes. Por mucho que vivamos, la vida es corta, así que trabajo. Y no importa lo importante que el hombre llegue a ser, que no será nunca nada comparado con las estrellas. Hay secretos, querida hermana, y es nuestra tarea revelarlos. Tu nombre, como el mío, es una canción.

Sirva lo anterior como una efectiva y viva presentación de nuestra astrónoma, quien en ese breve resumen nos ha puesto ya en conocimiento de su actividad como científica y de los sentimientos que le provocaba. Busquemos ahora, a partir del perfil que nos brinda la propia Carolina, proyectar más ampliamente su quehacer y su figura como científica. Contextualizar y configurar la trayectoria vital y científica de Carolina ocuparía –aunque tan sólo fuese por el espectro histórico que le toca cubrir– las páginas de un libro completo, pues no solo nace en un siglo fundamental para la configuración de la ciencia moderna, sino que además su vida se extiende a lo largo y ancho de casi un siglo; en efecto, Carolina Herschel gozó de una larga existencia ya que vivió 97 años y, por si esto no fuese suficiente, su biografía está ligada a la de su hermano William –un astrónomo fundamental–, al cual, como resulta siempre en estos casos, parece haber subordinado su actividad y su nombre. No obstante que sería necesario determinar con fidelidad muchos detalles en torno del siglo de vida de nuestra astrónoma, del contexto científico (y dentro de éste el específicamente astronómico), amén de la relación filial y de trabajo que mantuvo con su hermano, intentaremos ahora un bosquejo breve de todo ello, evitando en lo general los recovecos históricos de la precisión y el detalle, en tanto que semejante tarea implicaría un concienzudo estudio que no podemos emprender aquí. Bajo tales limitaciones, nos proponemos solamente presentar a Carolina Herschel bajo el ángulo simple y sencillo de establecer dos cuestiones fundamentales: ¿quién fue y qué hizo? Las respuestas a ambas preguntas habrán de ayudarnos a responder la pregunta general de por qué es preciso hablar de esta mujer en la historia de la ciencia astronómica.

Digamos entonces, para empezar, que Carolina Herschel nació el 16 de marzo de 1750 en Hannover (ciudad alemana que en aquel entonces formaba parte de la Corona británica) y murió ahí mismo el 9 de enero de 1848. Así las cosas, estamos ante una astrónoma inglesa de origen alemán que vivió entre Hannover e Inglaterra, pero que además atraviesa una época que ocupa buena parte de dos siglos diferentes: la última mitad del XVIII y la primera del XIX. Nace, pues, Carolina en una era científica y revolucionaria que proyecta sus luces hasta nuestra propia época. Y así, con este entrecruzamiento de fondo, vienen otros que a la larga habrán de determinar su destino último y su compromiso final con la ciencia. Uno de ellos –como habría de esperarse en semejante época– está referido al hecho mismo de que, como mujer, no podía aspirar a otra cosa que a convertirse en esposa y madre, por lo que su educación consistió en formarse para ser una buena ama de casa, tarea a la que la orilló la autoridad materna, pues la madre de Carolina pensaba que era obligación propia de las mujeres cuidar de su hogar y atender a los varones que en él moraban; de aquí resultaría una de las tareas que Carolina siempre cumplió con gran dedicación: cuidar de sus hermanos. Pero no siempre habría de resultar tan simple tal quehacer. Carolina había nacido en el seno de una familia de músicos, y su padre –un astrónomo aficionado– pensaba que su hija debía también recibir otro tipo de educación. Las razones de ello pueden ser diversas, pero la que comúnmente consideran los historiadores se refiere al hecho de que el padre nunca confió en los atributos físicos de su hija, de modo que pensó que, al no ser una mujer hermosa, y careciendo además de fortuna, difícilmente podría conseguir marido. La misma Carolina estaba consciente de ello, y así nos lo hace saber: “No tenía los requisitos para ser institutriz porque carecía de conocimientos de idiomas. Y nunca olvidé la advertencia que me hizo mi querido padre [quien] estaba en contra de toda idea de matrimonio, diciendo que, como no era hermosa ni rica, no era probable que alguien me lo propusiera”. Pese a ello, nada apunta tampoco a que el padre haya hecho gran cosa para que su hija tuviese esa pretendida educación formal. El destino de Carolina se presentaba bastante sombrío y parecía limitarla a la soltería y al cuidado de sus hermanos. Pero la vida de estos fue sin duda más atractiva: por lo menos dos de ellos –William y Alexander– llegarían a ser músicos y residirían en Inglaterra, y el propio William pasaría con el tiempo a engrosar las filas de los astrónomos más connotados de la edad moderna.

Queda así el nombre de Carolina Lucrecia Herschel escrito en el espacio celeste como un nuevo cometa cuya estela habrá de seguirse en la narración del libro de la historia de la ciencia. Nuestra vigilante de los cielos es una más de las estrellas del firmamento que tanto ayudó a develar, y su nombre –como ella misma lo señaló– es como una canción cuyos tonos evocan aún los complicados cálculos matemáticos que, como las notas musicales de una partitura, nos invitan de nueva cuenta a escuchar su templada voz y los sorprendentes rumores del cielo. La voz de soprano de Carolina no se apagó: solo cambió de registro y hoy por hoy nos permite de nueva cuenta escuchar la canción de las estrellas.

Para saber más:

  • Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. Historia de las mujeres en la ciencia desde la Antigüedad hasta fines del siglo XIX (pp. 162-165). México: Siglo XXI.
  • Gribbin, J. (2004). Historia de la ciencia (1543-2001). Barcelona: Crítica.
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